Su aroma dulce, caracteriza su verdadera escencia, de alguien a quien no le entran balas a una frágil y delicada flor que pocos perciben.

Tengo caderas anchas, creo que las heredé de mi madre,
de mi padre sólo el mal caracter,
pero la buena presencia familiar.

Mis pechos son poco, pero me gustan,
el pudor se me vino en ellos,
los reprimí, pero ahora los acepto.

Acepto mi pudor, que a los veintiséis años aún no sé por qué lo tengo.

Mezclo de todo,
me sacaron la lágrima a presión,
yo no quería, la sentí como un león,
que iba y venía,
que rondaba mi desespero, mi intuición que disminuyó.

Ahora entiendes que no puedo decidir,
si algo es mejor que lo otro,
para mí todo tiene su por qué,
y aunque lo escriba mal,
esque realmente lo quiero.

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Entonces nuestra idea fue siempre la primera opción. La verdad era que no teníamos idea de lo que hacíamos, menos yo. Yo siempre fui detrás tratando de no dejar espacios vacíos, me preocupaba de eso que la gente en general deja de lado, incluso a veces, cuando ya el agua hervía y mi taza se llenaba, pensaba en lo bueno que era estar ahí en ese momento, sintiendo la habilidad y el estruendo de un latido que es capaz de remover cada partícula para formar algo totalmente inmenso. Así fue como seguimos, por una parte traté de esconderme, pero al final siempre me delataba el golpecito que contraatacaba en las costillas, y que según yo se sentía por todo el universo. Un sorbo tras otro y en cuanto el agua escaseaba el pánico subía por mis piernas, decido detenerme y hasta el día de hoy la gente aún no entiende por qué sigo dejando la taza con té medio llena.

Colibrí.

Se acurrucó suavecito,
como conociéndome,
dejando al tacto intacto,
dejándome ser parte de su libertad.

Con el silbido que hacen los vientos,
soplando para ser parte de ellos,
se mantuvo y me mantuvo
marcando el pulso de su tiempo.

Latiendo potente en mi mano,
y haciendo a la sangre circular,
fijó en mí dos perlas negras y brillantes
y echó a volar.

Luz y sal.

Sale de aquí, penita mía,
si el alma viaja y todo estalla.

Sale de aquí, penita mía,
la luna completa mis ganas.

Sale de aquí, penita mía,
la tristeza llega y luego calma.

Fría, penita mía,
mantente tiesa como una estatua.

Fría, penita mía,
por hoy día ya basta.

Calma, penita mía,
la marea baja.

Calma, penita mía,
los males arrastra.

Por hoy no, penita mía,
por hoy empujo mis ganas.

Por hoy no, penita mía,
por hoy mis palabras se callan.

Si vuelves, penita mía,
quizás que sea para mañana.

Si vuelves, penita mía,
te esperaré aquí sentada.

No vayas a pensar mal, penita mía,
que no se trata de maldad.

No vayas a pensar mal, penita mía,
que sabes que ya en mí no hay mal.

Si te echo hoy, penita mía,
es porque quiero paz.

Si te echo hoy, penita mía,
es porque algo he de buscar.

Tráeme bien, penita mía,
tráeme canto seco y también mar.

Tráeme bien, penita mía,
tráeme luz y un poco de sal.

Tardecita.

Hurgando por aquí, por allá,
no importa pa’ dónde vaya,
me tejo la piel con los besos.

Amiga amada, cotidiana y tranquila,
sorprendente, abrazadora,
marea más larga que alta, horizontal.

No me viene a preguntar na’,
no quiero usarte ciega,
quédate tranquila, ilumina este hogar.

Por la ventanita es que te dejo entrar,
juega con mi mirada polvito solar,
cierro y abro, pestañeo y caigo.

Quédate nomás, ya vengo yo también,
miro ciego y te quiero a ti,
y aunque no te pida na’, miro lejos.

No mientas más, oiditos santos,
brillas como lo que digo,
y no me escuches más.

Venga, entre amiga amada,
la tardecita acompaña,
pa’ que la palabra comparta.

Madre.

A Jacqueline S.

 

De un vientre sano a un nido santo,
viento azul celeste y de amor blanco.

Madre de menos nueve meses antes,
madre de toda la vida dándole su sangre.

Madre de un vientre sano pariendo santos,
madre de un hijo hermano, ángel en sus brazos.

Madre flor de campo, eco y canto,
ramas de un árbol, sacude mi llanto.

Madre y reina, fuerza e inteligencia,
madre mujer fiera, manos y franqueza.

Madre de mirada clara cuando el corazón manda,
madre de viento fresco cuando mi alma calla.

 

Volví.

Volví porque perdí de vista a la mirada,
perdí en mi boca la palabra precisa,
un poco confundida, un poco atolondrada.

Volví porque descubrí más de lo que debía saber,
intenté callármelo pero nunca supe por qué
el horizonte era menos infinito de lo que parecía ser.

Volví porque había que volver,
nadie obligaba a nadie a entender,
las cosas sucedieron y así tenía que ser.

Volví porque quise encontrar la calma,
una vez perdida me arriesgaba a no buscarla,
siniestra, reducida; potente, manipulada.

Volví porque sí, porque no había más en lo demás,
figuras perfectas, colores en acuarela,
se tragaron mi alma para jugar con ella.

Volví porque la vida pasa,
lenta, cabizbaja; rápida, mortífera,
con el tiempo danzan las palabras, las miradas.

Por eso volví, para no tropezarme allá,
para caerme acá y no mirar atrás,
para naufragar desde una isla y quedarme en el mar.